El frío complica siempre las cosas.
Cortázar.
Tenía 16 años cuando por las
noches sentía cosquillas cuando me tocaba bajo el calzón de bobos que en ese
tiempo usaba. En realidad no sabía muy bien de estas cosas, mis amigas ya
hablaban de sus novios. Pero yo no tenía un novio, sólo tenía mis libros
sexuales donde encontraba algo de conocimiento por lo que sentía.
En una de esas noches a la
luz de la lámpara. Me empecé a tocar los pezones, se pusieron duros, duros.
Sentí algo rico, un electroshock que gustaba. Luego bajé despacio por los
lunares de mi vientre. Llegué despacio al calzón y tocaba y tocaba, en círculos.
Una y dos y tres veces. Sentía algo realmente incoloro, el vomito en seco del
diablo, porque esa cosita rica, no podía ser de dios. No.
Mi mirada ser perdía, metí
lento mi mano bajo el calzón ya manchado por el vomito del diablo y claro, era
mejor. No sabia mucho, pero la pasé muy rico, cuando de pronto, se apagó la
luna y vi las estrellas – por mi madre que las ví- gemí, grite, y mis rodillas
se doblaron casi al instante sin mi consentimiento.
Desde ese día me sentía sucia,
perra, puta. Me sentía una completa mierda en mi colegio de monjas. Me hice
expulsar, ya que me sentía totalmente sucia. Pero no perdí la bendita costumbre
pecadora, no importa irme al infierno. Yo no podía dejar de sentir ese
cosquilleo borracho bajo mis piernas.
Ahora que ya tengo treinta
años y ya ha pasado más de una persona por este cuerpecito. Y escribo estas líneas en la selva peruana,
donde he tenido un amor selvático, pero de eso contaré en mi siguiente
artículo. Por ahora sólo les puedo decir que aún recuerdo esa noche en que
sentí el mejor orgasmo de mi vida.
Puerto Maldonado – Perú.
Más explícito que las porno que dan a las doce, todo los sábados, por el 73.
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