Se llamaba Michael, venia
de Estados Unidos. Quedó en venir a mi
departamento. No lo veía ya hace años desde la última vez que estuve en New
York. Siempre fue guapo, pero nunca tuve la oportunidad de estar con él. Allá
dónde los cuerpos gloriosos abundan no tienes tiempo para nada pues.
Llegó a eso de las 11 de la
noche. Ya estaba lista, bien riqui yo. Estaba cansado del vuelo comimos sushi que
pedí. Y luego lo lleve al cuarto de huéspedes que tenía. El estaba adelante
mio, todo inocente, tenía buenos glúteos, estaba interesante el muchacho. En eso, bien salvaje él, me besó. Yo me dejé,
sentía sus brazos bien trabajados lleno de vellos. Me dijo en su español
mascado, que yo le gustaba. Se quitó el t-shirt, tenía todo el pecho lleno de
vellos, mismo actor porno de los 80. Estaba sudado, pero no me importó, la
calentura del momento me ganó así que para qué te tengo ganas.
Me lanzó a la cama, se
quitó el jean que estorbaba me alzó la falda y empezó a forcejear. Se quitó el
bóxer estaba alguito hot el gringo. Y luego toqué su trasero, estaba lleno de
vellos, que en el momento no me excitaron,
era la primera vez que estaba con alguien así, era la primera vez que me poseía
un hombre tan velludo. Luego sentí un molusco lleno de vellos entrar y salir,
entrar y salir. Ahí entendí cuando mis amigas gringas me decían que el tamañan
SÍ importa. Él llegó a sentir una
sensación muy cool, claro. Yo no, yo estaba
ni en la mitad. Luego el se hecho y se puso a fumar esos Marlboro que le
gusta tanto a los gringos.
Era una estatua, estaba
toda echa una imbécil, una idiota. Me vestí deprisa y me duche. En la ducha
pensé. Carajo. Qué mierda hago con un hombre lobo en mi casa. Y, encima que ya
me lo tiré.
Felizmente sólo se quedó 3
días. Conoció a una peruana de no sé dónde y se fueron.
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